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No permita que los Simeis en su vida lo desanimen

El rey David fue el gran rey de Israel. Su hijo, Absalón, conspiró para derrocar a David y convertirse en rey. Absolón astutamente hizo esta traición y reunió un ejército sin el conocimiento de David. Cuando David se dio cuenta de que el ejército de Absoalón marchaba hacia Jerusalén, él y sus leales soldados huyeron rápidamente de la ciudad.
Cuando David huyó, un hombre llamado Simei lo siguió maldiciéndolo. Simei era pariente del rey Saúl y resentía amargamente de que David se convirtiera en rey después de la muerte de Saúl, en lugar de un miembro de la familia de Saúl. Lleno de ira contra David, Simei le arrojaba piedras y polvo, maldiciéndolo todo el tiempo.
Uno de los soldados de David le dijo a David: ¿Por qué ha de maldecir este perro muerto a mi señor el rey? Déjame que vaya ahora y le corte la cabeza”. Pero David dijo; –¡No te metas en mis asuntos, hijo de Seruyá! Déjale que maldiga, que si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas? Quizá el Señor mire mi aflicción y me devuelva bien por su maldición de hoy”.
Como narra la Biblia: ” David y sus hombres siguieron su camino; y Simei iba por el lado del monte paralelo a él, y mientras iba lo maldecía, le tiraba piedras y le arrojaba polvo.”. (La historia se encuentra en 2 Samuel 16: 5 -14)
Esta historia bíblica es una de mis favoritas. David fue traicionado por su propio hijo. Estaba huyendo por su vida. Sabía que podría perder su reino. En el momento más doloroso y difícil de la vida de David, apareció Simei, un hombre lleno de ira y amargura, que arrojó piedras y polvo, maldiciéndole constantemente. Entenderíamos si David hiciera que uno de sus soldados matara a Simei. En cambio, David decidió ignorarlo.
David no era Pollyanna. No era demasiado débil para responder a Simei, sino que era lo suficientemente fuerte como para ignorar su amargura. Se dio cuenta del desafío que tenía ante sí y estaba camino de formar un ejército para luchar por mantener su reino. Si David hubiera dirigido su atención a Simei y hubiera respondido con enojo a las acciones de Simei, no habría estado mirando el camino y el viaje que sabía que tenía que hacer. No se centraría en el camino por delante o en la tarea que Dios lo estaba llamando a cumplir. David se adelantó y no se rindió ante la irritación de un hombre enojado.
Hay un mensaje poderoso aquí para nosotros. Hay momentos en que las personas entran en nuestras vidas enojadas con nosotros, pueden maldecirnos, arrojarnos piedras e intentar cubrirnos de polvo. Hay Simeis que vienen a la vida de cada uno de nosotros. Cuando esto sucede, nuestra reacción puede ser, como el soldado de David, de devolverles el golpe. Sin embargo, si lo hacemos, desviamos nuestra atención y nuestra energía de lo que Dios nos llama a tratar. Cada uno de nosotros tiene su papel en la vida, debemos amar y cuidar a nuestras familias y amigos, cumplir con nuestras responsabilidades diarias, cuidar al prójimo, acercarnos a Dios.
Estos son los asuntos que requieren nuestra atención y energía. Si nos detenemos en las heridas o los insultos, meditamos sobre las lesiones, tenemos sed de venganza o pagamos la ira por la ira, nos alejamos del camino que Dios nos llama a recorrer. Las piedras que nos arrojan pueden ser reales y pueden doler profundamente, pero no valen la pena el tiempo que lleva atenderlas. Esto no es ser Pollyanna. Simplemente significa que sabemos que Dios nos llama a continuar viajando por el camino que nos ha marcado y que la ira de otras personas no vale la pena.
Como cristianos, sin embargo, nuestra respuesta debe ser más que no ser distraídos por la ira de los demás.
Debemos hacerlo de una manera que nos permita perdonar sus acciones y orar por nosotros mismos. Podemos ignorar la ira de los demás y aún mantener la ira en nuestros corazones. Tal actitud no es digna de un cristiano. También debemos perdonar. Como cristianos, sabemos que el perdón de los errores trae la sanidad y la fortaleza de Dios a nuestros corazones. La amargura nos debilita, el perdón nos fortalece.
En resumen, quédese en el camino, perdone, siga el viaje que Dios ha establecido antes que usted y no permita que los Simeis lo desanimen.

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